Fatalidades # 5 – Premio “Compensar” al maestro del año – El Final (de mi carrera como profesor de colegio)

Llegó el final de éste corto relato, y posiblemente, el final de mi carrera como profesor de colegio. Si usted, querido(a) lector(a), está considerando contratarme en una institución educativa para instruir a un curso de jóvenes malcriados, piénselo dos veces (o lea esto una vez).

Si usted no tiene idea sobre qué estoy hablando, lo invito a contextualizarse rápidamente con las partes anteriores de este relato:

Primera Parte
Segunda Parte
Interludio
Addendum

Como venía diciendo, narraré el final de mi trabajo como profesor del Colegio Gran Bretaña; también, el final de toda la dignidad que alguna vez ocupó este cuerpo.
Me encantaría decir que también es el final de mis fatalidades, pero estoy seguro que aún me esperan más de éstas pequeñas desgracias, que capitalizo lentamente, convirtiéndolas en material para este blog.

Sin alargarme mucho más, quisiera agradecer a la gente que hizo posible este relato: Mi amigo Lautaro, quien me acompañó en esta travesía. A los colegas Papá de Selena, Mick Jagger, El Payaso, y La Arpía Sexy, que me enseñaron todo lo que no debo ser. A mi jefe, Mr. Reeves, y su hija, la afamada Keana. Al alumnado, representado a la perfección por el pequeño N’dugu; Fabiano, el joven con la nariz perjudicada; y Sasha, la costeña que protagoniza ésta última entrega. Y, sin duda alguna, el merecedor de la medalla al bello carácter: mi amigo Gus Valencia, el matón que planea desfigurarme no sólo la cara, sino cualquier regla gramátical y ortográfica que ose atravesársele por su camino de amenazas. A ti, querido amigo, te dedico todo lo que produzca de aquí a siete días.

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Premio “Compensar” al maestro del año – Parte III

Durante la semana siguiente al ataque injustificado a la nariz de Fabiano, me invadió una paranoia atroz. Cada vez que pensaba en ese trabajo, temía que unos agentes de la Interpol, a petición del gobierno brasileño, invadieran mi casa súbitamente, y me llevaran en extradición al país del fútbol, las tangas y la feijoada.
En las noches tenía pesadillas horribles: En algunas me encontraba siendo juzgado por La Arpía Sexy, que hablaba en un portuñol deficiente, mientras Papá de Selena, para mi desgracia, hacía las veces de abogado defensor. El jurado, conformado por N’dugu, Keana Reeves, Mick Jagger y mi mamá, me miraba con desprecio absoluto y me encontraba culpable al final del proceso. Mi condena incluía jugar fútbol y comer farina sin posibilidad de bebida.
En otras aparecía en un escenario, y como un autómata descerebrado me dirigía hacia Karol Márquez, que estaba parado en el extremo contrario de las tablas, y le propinaba un golpe certero con el puño, destrozándole el tabique. Karol, visiblemente herido, reía sin parar. De repente, desde el público, Keanu Reeves (sí, el actor) se paraba y me gritaba a todo pulmón: “¿No podría usted tocar algo más difícil?”.
Y, en las peores de todas, simplemente tenía que dar clase de nanometalófono una vez más.

Pero nada de esto sucedió, para alegría mía. Sin embargo, aún me aterraba la idea de llegar el siguiente viernes al colegio, y ser citado por Mr. Reeves para mi despido inmediato sin derecho a liquidación.

Llegó esa mañana, y en el camino al colegio enumeré a Lautaro, una a una, mis preocupaciones. Él, diligentemente, respondía a mis lamentos con una risa poderosa. Antes de llegar a la institución, paramos en el habitual sitio de las empanadas, donde mi optimismo fue in crescendo gracias a las carcajadas que nos producía pensar en los posibles escenarios de mi improbable despido.
Todo fue risas y diversión hasta que sonó el celular de Lautaro. Antes de contestar, me mostró el teléfono que identificaba a Papá de Selena (así lo tenía guardado), como el interlocutor.
En el momento imaginé que la llamada era para el -ya acostumbrado- regaño por no asistir al té con los colegas; sin embargo, la cara de Lautaro se transformó rápidamente en una mueca que anunciaba desgracias:

“¡Marica, hoy tenemos que entregar notas!”, dijo Lautaro, con una mezcla de alteración leve y risa absoluta en la voz. Tal como Papá de Selena nos había advertido, ese día teníamos que entregar el magno informe, que de haber sido realizado, constaría de ocho millones de páginas.

Sin posibilidad alguna de solucionar nuestra situación, decidimos terminar la empanada mientras desarrollábamos un plan de escape. La lucidez de dos personas altamente trasnochadas, desanimadas por el panorama de dictar clase a una manada de cuasi-hispano-parlantes, es bien reducida; para la muestra, nuestro plan:
1. Llegaríamos tarde al colegio.
2. Correríamos directamente a nuestros salones, donde dictaríamos las dos horas de clase fingiendo tranquilidad.
3. Correríamos al automóvil de Lautaro.
4. Apagaríamos los celulares.
5. Escaparíamos.

El plan funcionó a la perfección, hasta que llegamos al punto número dos.

Entré corriendo al salón, donde el joven N’dugu me esperaba junto a sus compañeritos. Después de respirar profundamente para calmarme, expliqué a los niños el trabajo que haríamos ese día: ellos tocarían lo que quisieran, mientras yo llenaba unos datos rápidamente en el formato destinado a las calificaciones. Al cabo de diez minutos de esta metodología, mi consciencia no soportaba un golpecillo más de minitecladito de metal. Convencido de la eficacia de la psicología inversa, aprendida con el desfigurado Fabiano, propuse a los niños un juego: “A ver, vamos a jugar una cosa, el que logre quedarse callado y quieto por más tiempo, le pongo la mejor nota en el bimestre; en cambio, el que haga el primer ruido, se irá conmigo a la oficina de La Arpía Sexy para que le manden una nota a los papás”. No sé cuánto tiempo duró N’dugu en silencio; posiblemente no superó los cinco minutos, sin embargo, perdió. Claramente no lo llevé a ver a La Arpía; de hecho, él nunca entendió de qué se trataba el juego, y no me molesté en tratar de hacérselo entender, únicamente dije: “Vamos, el pobre N’dugu no entiende ni una palabra. Démosle una oportunidad y juguemos de nuevo”. Logré algunos minutos de tranquilidad para llenar el formato interminable, hasta que, por primera vez en mi estancia en aquél colegio, golpearon a la puerta.
Lo que vene a continuación poco tiene que ver con la historia, pero lo narro porque fue un momento, no sólo verídico, sino absolutamente memorable.
Abrí la puerta, y Carolina Gómez (esta Carolina Gómez), estaba afuera esperando.

- Hola, buenos días.
- blablbalbalbabablalabalabaaaa… días…
- Estoy buscando a mi hijo, Tomás.
- síí bablalababaaaaaa… ya… blbalaba…
- Gracias, acá lo espero.

Después de mis balbuceos ininteligibles, llamé a su hijo.

Al volver a la clase, fue evidente que mi estrategia ya no daría resultado. Todos los niños atacaban ferozmente con sus baquetas la porcacha de intrumentito, los pupitres, las paredes, e incluso a sus compañeros. Intenté detenerlos, con pocas ganas, y al ver que no lograba mejoría en su comportamiento salvaje, decidí volver con las calificaciones. No había agarrado el esfero aún, cuando sonó de nuevo la puerta. Emocionado, esperando que la Virreina Universal de la Belleza me buscara de nuevo para decirme que me amaba, o algo, abrí la puerta del salón ágilmente. Pocas decepciones en mi vida han sido tan fuertes.
La Arpía Sexy no me saludó. Con un gesto despectivo, me ordenó que le abriera paso, y al entrar en el salón, de un sólo grito calló a la jauría.

- Children, ¡silence! (Grito)
- Hola, Arpía Sexy, ya estamos terminando. (Calma)
- ¿Y qué estaban haciendo? ¿por qué este ruidajo? (Grito)
- Estábamos aprendiendo el concepto de ruido, para contrastarlo con el de mú… (Calma)
- ¿Dónde están los informes, Mr. Rodríguez? (Grito)
- Sí, hm, sí… los informes… Ahora, cuando termine clases te los llevo. (Disculpa)
- Los necesito ya. (Grito)
- Dame diez minutos. Me falta corregir unas cosas. (Calma)
- ¿No los ha terminado, Mr. Rodríguez? Además de que llega tarde, y no comparte el té con sus colegas, ¿no trae los informes listos? (Grito)
- No me falta mucho. Si usted es tan amable y me deja terminar mi clase… (Irritación)
- ¡La termina cuando yo digo que la termina! (Grito)
- Ay, vea señora, no venga a gritarme al frente de mis alumnos. (Desprecio)
- ¡Lo espero en mi oficina apenas termine! (Grito colérico arpiístico de las profundidades del averno)

La clase terminó algunos minutos después. Tuve la esperanza de poder adelantar algo de las calificaciones mientras esperaba a los más grandes, pero Fabiano y su par de amigos entraron de inmediato al salón. Ya estaba suficientemente irritado, estresado y volátil como para soportar a mis nuevos mejores amigos.
“Siéntese, o le pego otra vez”, dije a Fabiano, que, buscando camaradería, alardeaba de cómo no me denunció ante las autoridades educativas. Para ese momento, me daba lo mismo si le había escrito un correo electrónico a Manuel Teodoro, a Pirry, o a Kofi Annan, contándoles su historia.

La clase empezó, y aunque lo intenté, con los grandes no funcionó el método del concurso para ganar tiempo y silencio. Desganado, empecé a explicarles las tonalidades; las escalas; las métricas; las progresiones; la conducción de voces; o cualquier otra cosa que se me cruzaba por la cabeza. Ni a ellos, ni a mí nos importaba gran cosa. No puedo decir que la cosa fluía, pero por lo menos iba sin sobresaltos, hasta que, mientras explicaba la armadura de alguna tonalidad, dándole la espalda a los alumnos, escuché la risa lacerante de Sasha, la gordita costeña:

- Sasha, ¿puedes, por favor, reírte después de que termine la explicación?
- Claro, profe. Perdón.

Acto seguido, al volver a dar la espalda, la risa resonó de nuevo.

- Sasha, no estoy de humor. Por favor espera a que se termine la clase y puedes reír todo lo que quieras.
- Sí, profe. Lo siento.

Una vez más, al tratar de continuar escribiendo en el tablero, la risa estaba ahí.

- ¡Ya! Una vez más y te sales del salón.
- Lo siento, profe. Siga con la clase.

Deja Vú risístico.

- ¡Para afuera! Te sales ya…
- Pero profe, no me puede sacar.
- ¿Ah, no? ¿y por qué no?
- Porque en el reglamento del colegio dice que no se puede sacar a ningún alumno de clase.

(Mi memoria me llevó hasta el primer día, cuando Papá de Selena explicó: “Es política del colegio que no se puede sacar a nadie de clase”)

- Pues… pues… es mi clase, y si yo digo que se tiene que salir, ¡se tiene que salir!
- Pero si me saca lo echan, profe.
- Pues que me echen, qué me importa. A la final, ni me gusta este trabajo…
- ¿No le importa?
- No me importa, con tal de verla afuera del salón.
- Si no le importa, ¿entonces para qué viene a trabajar?
- Pues… pues… porque me gusta este trabajo…
- Pero acaba de decir que no le gusta…
- Bueno, sí… no… no me gusta, y qué…
- Entonces, ¿para qué viene, si no le gusta y no le importa que lo echen?
- Pues porque… porque…

(Acá me hice merecedor al Premio “Compartir” al maestro del año)

- (…) porque… porque…
- ¿Por qué, ah?
- ¡Porque con la plata que me gano en esta mierda me emborracho los fines de semana, y qué!

Logré el silencio que buscaba. Incluso, creo que escuché un lápiz caerse del otro lado del salón. Los diez minutos restantes de clase los pasé recogiendo las putas liritas que me habían traído tanta desgracia. Al ver que el reloj marcó las 12:00 en punto, volví al plan original, y ejecuté a la perfección los puntos 3, 4 y 5.

Renuncié sin renunciar. Símplemente no volví. Por correo escribí a Papá de Selena explicando que me había salido un trabajo de improvisto, y que no podía volver. A través de Lautaro recibí mi último pago.

Para tranquilidad de usted, amigo lector, no volveré a dar clases en un colegio; por lo menos no de “xilófono”.

¡Salud!

Fatalidades # 5 – Premio “Compensar” al maestro del año – Addendum

Sé que estoy estirando la tercera parte de la historia mucho… Ya la tengo escrita, y me disponía a sacarla hoy, pero hubo un par de eventos que me obligan a esperar.

Recibí, vía mail y comentarios privados, un número importante de quejas, pues al parecer, no muchos creen que el señor Gus Valencia, afamado destructor de las letras, exista en realidad. Me acusan de una felonía sin precedentes: La suplantación de personas.

Acto seguido, encuentro hoy en mi correo una misiva bastante fuerte, firmada por mi querido fan. ¿Cómo podré pagarle alguna vez tanta dedicación? Lo mínimo que puedo hacer, es compartirla. Espero de esta manera aclarar los rumores de la falsedad del corresponsal, y al tiempo mitigar la espera, mostrándoles otra joya de la literatura 2.0:

Sólo tengo una cosa más para decir: Qué grande el que le escribió “Simio retrasado”. ¡Qué grande!

Mañana publico la última parte.

 

¡Salud!

El pájaro que le da cuerda al mundo.

Hoy me levanté, y aunque no quiera, sigo escuchando al pájaro que da cuerda al mundo.

El gato salió, y lo busqué desesperado. Al rato me di cuenta que no es a él al que busco, sino a Kumiko.

Estoy metido en el pozo, buscando el camino a Kumiko, y no tengo el bate conmigo. ¿Qué hago sin él?

Le dejé Apples a ella, esperando sorprenderla. Se están pudriendo, y no puedo hacer nada el respecto.

El gato volvió, pero ella no.

No es la 1:00 a.m. Nadie duerme detrás mío.

 

Fatalidades # 5 – Premio “Compensar” al maestro del año – Interludio

Antes de escribir la tercera -y última- parte de mi desastroso relato, quisiera compartir con ustedes las palabras de un fan enamorado. Nunca imaginé, durante las largas horas de arduo trabajo de escritura, que mis letras socavaran el alma de un ser tan profundamente; Que mis palabras lograran tocar las finas hebras del entretejido emocional de este personaje; Que mis vivencias estimularan de tal manera la psique de este aficionado a la lectura fácil.

Me siento halagado, no lo niego. Ver una demostración de interés en mi trabajo, cargada de tanta pasión, me obliga a darle un sitio de honor en el memorial de agravios de este blog. Transcribo entonces, el mail que me fue enviado a razón de mi último post:

Asunto: Comentario sobre su blog

“Debo empezar celebrandole su exito. Ahi veo que lo leen mucho, y le comentan las cosas que escribe…. se nota que escribe par ael pueblo, porque popular si es la cosa.

Ahora entrando en materia quiero que sepá que yo no lo leo siempre,, por que me parece que lo q usted escribe es muy estupido, siempre burlandoce de las otras personas como los actores los musicos y la gente que se presenta a yo me llamo etc,,,, Pero esta ves llego al tope de lo absurdo. contando como le pego a un pobre niño y abusando de eso para hacerse famoso y popular y que la gente entre y vea lo que pasa con su vida que ha nadie le importa ni le importara jamaz,, sepalo.

 

Por cierto me parece que si va a tomarse el derecho de escribir para que la gente que lo lee debe saber que tiene que mejorar la redaccion y la ortografía, por que no puede andar creyendose un escritor sin las bases minimas.

 

me encantaria saber a donde va de runba para poder partirle la cara ya que conmigo se mete con alguien de su tamaño y no con un pobre niño que no tiene porque sufrir por que usted se un amotris sin control de su propio cuerpo, y ademas se burla tanbien de un niño que es negro. que es que en su casa no tienen educacion y no saben que eso es rasismo?????? por favor sea persona y pida disaculpas a la gente que usa para su propia diversion y la del os supuestos “itnelectuales” que leen esa basura. que dios le perdone su alma negra degenerado…,,

 

ponga la cara a ver quien se rie mass…”

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Sin palabras, amigo lector. Sin palabras.

Como pueden ver ustedes, estoy causando una revolución: logré que este animal escribiera sus primeras 100 palabras. Y quiero que noten un par de detalles que me intrigan mucho:

- Usó dos tildes en todo el texto, pero, demostrando un manejo implacable de la ironía, la única que cumple su función fue la de “ortografía”.
- Él no lee lo que escribo siempre, no. Simplemente lee cuando publico algo, de resto sigue con su vida.
- Estoy seguro que concursó en Yo Me Llamo, y perdió.
- Cree, haciendo caso omiso de cualquier evidencia, que soy famoso y popular.
- Señala, poniéndose a él como ejemplo, que no sé dar buen uso a la ortografía y la redacción.
- Presenta, de manera irrefutable, sus ganas de romperme la cara.
- Asume, nuevamente sin pruebas, que somos del mismo tamaño. Espero que se equivoque.
- De alguna manera sabe que en mi casa no me enseñaron qué es el “rasismo”. Ni siquiera Google pudo hacerlo.
- Me pide que ponga la cara, para ver quién se ríe más. Le gano, estoy seguro.

Insto a la gente que lee este post a que le muestre su apoyo, pues su misión (la de evitar que yo siga escribiendo), no sólo es pura, sino totalmente válida. Para hacerlo, pueden escribirle a su correo personal: gusvalencia1982@gmail.com

Agradecido de antemano,

Juan Andrés Rodríguez Valenzuela
(¿Suficiente para poner la cara, o quieres tambien tener mi teléfono y dirección?)

 

Fatalidades # 5 – Premio “Compartir” al maestro del año – Parte II

Pensaba tomarme un tiempo prudente antes de escribir la segunda parte de esta fatalidad. Por un lado, necesitaba recordar en detalle cada dato que pudiera ser relevante para el éxito de la historia; pero también, buscaba causar expectativa entre los lectores asiduos, como estrategia de marketing.

Pensaba tomarme un tiempo, pero me lanzo a escribirla hoy.
¿Por qué? La verdad, porque recuerdo cada detalle a la perfección, gracias a que cada vez que me tomo un aguardiente termino contando la mendiga historia. Por el lado de mi idea de marketing, contaba con que -como les decía antes-, los lectores asiduos comenzaran a desear nuevo material con el pasar de los días, y así conseguir una mejor acogida y mayor respeto para con mi obra. La realidad es otra: al parecer, sólo existe un lector asiduo, que no necesitó de mucho tiempo para querer una nueva entrega, y la demandó violentamente. Transcribo nuestra pequeña conversación, parafraseada únicamente para matizar la rudeza:

- Estoy esperando que termine de escribir la historia del colegio.
- ¿Sí?, ¿le ha gustado?
- No es eso, simplemente necesito leer algo estúpido y que me haga reír antes de irme a dormir.
- Ok, voy a intentar terminarlo hoy.
- ¿Será que puede ser rápido?, tengo sueño y quiero leerlo ya.
- Pues voy a intentar. Aunque usted debe saber que escribir una “estupidez” me cuesta lo mismo que a un ratón descifrar el código morse. Sólo en esta respuesta consumí más neuronas que inyectándome Glade Fragancias Florales, directamente en el hipotálamo.
- ¿En serio?, pero si son puras bobadas lo que escribe…
- Hombre, por favor, deje de referirse a mis memorias como algo estúpido. Duele, pues yo también tengo mi corazoncito.
- Es estúpido y lo sabe, jaja.
- Está bien. Lo sé.

Claramente, lo de “mejor acogida y mayor respeto para con mi obra” se quedará en el mundo de las ideas; en el mundo onírico; en un mundo paralelo… Un mundo para lelos, mejor dicho. Mi mundo.

Presionado, ultrajado, vejado, torturado psicológicamente, avergonzado, y sobre todo, despojado de toda dignidad, me decido a continuar con la historia en la que, ejerciendo como profesor de colegio, fui presionado, ultrajado, vejado, torturado psicológicamente, avergonzado, y sobre todo, despojado de toda dignidad.

(Si usted no ha leído la primera parte de esta historia, le suplico se remita a ésta antes de continuar. De antemano le agradezco despuemano)

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Premio “Compartir” al maestro del año – Parte II

Para mi sorpresa, fui contratado después de mi despliegue de habilidad con el pequeño instrumento.
Las clases no empezaban ése mismo día, pues todo el tiempo destinado a la enseñanza se había perdido en mi oso y el blues intrépidamente interpretado por Papa de Selena, Mick Jagger, y El Payaso.
Antes de dejarnos partir, nos invitaron a tomar las onces en la sala de té del colegio; ahí, ingiriendo un poco de fruta, nos explicaron que nuestra hora de llegada al trabajo era a las 9:45 a.m., hora del té. No importaba que nuestra clase empezara a las 10:15. No importaba que no gustásemos de té, fruta y cereal. No importaba que no quisiéramos pasar media hora de nuestra mañana, hacinados en una pequeña salita de té, celebrando la multiculturalidad. Nada de eso importaba, teníamos que estar para el té. Ingleses…
Claramente, esta fue una de esas reglas que no cumplimos. La dejé, amontonada en el depósito de órdenes omitidas, junto a la de ir de corbata; la de dictar clase totalmente en inglés; y la de tocar algo más difícil en la lirita pigmea.
Con el pasar de las semanas, nos fuimos acostumbrando a las llamadas incesantes de Papá de Selena al celular, para preguntar por qué no estábamos tomando el té. Él nunca nos regaño, realmente. Creo que su corazón, que era tan grande como el de el verdadero papá de Selena, le impedía ser fuerte con otras personas; Por otro lado, su esposa, que ejercía una labor administrativa en el colegio, tenía el mismo corazón de la mujer que mató a Selena. Ella era la encargada de minarnos el alma con su cantaleta interminable, razón por la que la apodamos “La Arpía Sexy”. (Lo de sexy era realmente un eufemismo)
Uno de esos viernes empezó como cualquiera de los otros: Comíamos empanadas a eso de las 10:07, cuando entró la esperada llamada al celular:

- Hola Juan Andrés.
- Hola, Papá de Selena.
- ¿Cómo van? ¿Vienes con Lautaro?
- Sí, aquí estoy con él. Estamos un poco demorados porque hay un trancón terrible en la autopista. Igual, tranquilo que llegamos puntuales para la clase.
- Sí, sí, no hay problema. Sólo recuerden que es política del colegio tomar el té junto a los otros profesores. Acá pensamos que este es un momento de integración e intercam…
- Sí, Papá de Selena. Ya vamos para allá.

Al llegar al colegio, nos dirijimos cada uno a su salón; pero pocos pasos después de separarnos, escuchamos a La Arpía Sexy llamando nuestra atención: “Please, Mr. Lautaro and Mr. Juan Andrés, stop. ¿May I have a word with both of you?”.
Creía yo que ahí venía el sermón de las bondades del té y la importancia de los panecillos, pero poco sabía yo. Realmente, nos invocaba a su nido para informarnos que la siguiente semana habría que entregar las notas del bimestre. Acto seguido, nos describió los pasos para llenar el formato exigido por el colegio para la calificación de cada alumno.
Yo no lo podía creer. En mi cabeza no podía visualizar la cantidad de papel que se vería desperdiciado en algo tan trivial como la calificación de unos niños en su clase de micropercusión. Por lo menos me habría tomado siete años llenar esa cantidad de logros, sublogros, y apreciaciones personales sobre el desarrollo psicomotriz de cada uno de los treinta y cuatro demonios, de diferentes nacionalidades, a los que trataba de instruir.
Afligido, pero sobre todo, altamente preocupado, me dirigí a dar mi clase.

<<Hago un alto en el camino, pues caigo en cuenta que no les he descrito a mis alumnos>>

Yo dictaba pseudo-xilófono a niños de cualquier parte del mundo. La mayoría hijos de embajadores, actores y actrices, políticos, y más que nada, hijos de puta. Estos apreciados alumnos se dividían en dos cursos diferentes:
Mi primera clase, comprendida entre las 10:15 y las 11:00 de la mañana, era para alumnos de primaria; es decir, niños entre los seis y los doce años. Por más increíble que parezca, con este grupo no tuve casi problemas. Tal vez la única piedra en el zapato era un niño africano (hijo del embajador de no recuerdo qué país), que no hablaba español, ni inglés. N’dugu (que es como he decidido llamarle) -negrito, pequeño, gordito e ininteligible- nunca entendió una palabra de lo que yo decía. Cuando le decía “quieto”, asentía y le pegaba al niño más cercano. Cuando le decía “no le pegues”, asentía de nuevo, y acto seguido, me pegaba a mí. Yo, comportándome como un fronterizo, seguía diciéndole cosas soñando con que algún día me iba a entender: “respeta”, “siéntate”, “cállate”, “debes mejorar tu motricidad”, “toca el pequeño instrumento de percusión con los golpeadores, también llamados baquetas, y no con la cabeza de tus compañeritos de clase”; Cosas que él nunca pudo -ni quiso- entender.
La otra clase, iba de las 11:15 de la mañana, hasta las 12:00 del mediodía. El alumnado tenía edades variables entre los doce y los diecisiete años. Aunque en este curso todos hablaban español, todos se comportaban como el pequeño N’dugu.

<<Muy bien, continúo con la historia>>

Entré a la primera clase, temiendo lo peor gracias a la mezcla de niños ruidosos, armados de diecisiete miniglockenspiels, y mis nervios, que estaban de punta por las fatídicas noticias sobre el proceso interminable de calificación.
Para mi sorpresa, aparte de algunas luchas con N’dugu, al primera clase pasó sin sobresalto alguno.
Al empezar mi segunda clase, noté con alivio que algunos de los alumnos no asistieron. El equipo de trabajo restante, se componía de unas cuantas niñas, que aunque estaban en la peor de las edades, no resultaban tan difíciles de manejar (o eso creía yo para ese momento); y tres niños, de aproximadamente dieciseis años, que aunque eran unas caspas, eran con los que mejor me llevaba. Una de las cosas por las que lograba conectarme un poco con ellos, era que al pedirles que se callaran, o que trabajaran mejor, o lo que fuera que quisiera que hicieran, fingía golpearlos con el puño en la nariz, mientras hacía el ruido correspondiente con el pie, así como hacen en la lucha libre. Eso los divertía al máximo (aún no entiendo por qué).
Pues este día, como no estaba el resto de la clase, me pidieron que hicieramos algo diferente. Los complací haciendo una clase de técnica con baquetas, que suele ser divertido. Y en efecto, fue muy divertido; creo que de todas las clases que dí allá, esta fue la única que disfruté realmente. Pero lo bueno no puede durar para siempre.
Ya casi terminando la clase, a punto de coronar mi primera hora sin sobresaltos en lo que llevaba de profesor en ese colegio, uno de los niños -que estaba parado a mi derecha-, se volteó y me dijo: “Profe, ¿lo estoy haciendo bien?”
Al ver lo que hacía, descubrí que no, no lo estaba hacíendo bien. Al enviar el puño, calculé erróneamente la distancia a la que estaba su cara. Sentí, con terror, como temblaba su tabique, oprimido por mis nudillos. El golpe produjo un ruido sordo, parecido a un crac, que quedó oculto bajo el ruido de mi pie golpeando el piso. Vi, en tan sólo una fracción de segundo, como iba a ser despedido de mi puesto, para así poder ser procesado por la fiscalía por el crimen de intento de homicidio de un menor que se encontraba bajo mi responsabilidad. También predije que su papá, posible diplomático brasilero, haría todo lo posible para que me pidieran en extradición por dañar bienes privados del país mais grande do mundo…
Pero no, no me iba a rendir tan fácil. En la siguiente fracción de segundo planeé mi escape a esa vida de castigo, por más merecido que éste fuera. Ideé, en esas milésimas de segundo, una salida maravillosa, perfecta, y a la vez tan reprochable como el error mismo. Me convertí en mi propio verdugo, cuando por error golpeé al joven, sí; pero también me convertí en mi salvador. De un segundo a otro, pasé de ser Juan Andrés Rodríguez Valenzuela (condenado de por vida a carcelinha y trabajos forzadinhos), a un hijo de puta de la peor calaña (que se iba para su casa, tranquilamente):

“¡Me pegó! ¡Me pegó de verdad!”, dijo el pobre Fabiano, mientras miraba a sus dos amigos, buscando apoyo.
“Sí, le pegué -dije, mientras miraba a los ojos al más montador de sus amigos- Le pegué, y vean cómo va a llorar”, cerré, despectivo.
“Va a llorar, va a llorar”, coreaban sus amigos.
“No, no voy a llorar, ¿que creen?”, dijo el pobre Fabiano, mientras sus cejas temblaban incontrolablemente, y sus ojos se llenaban de lágrimas.
“Sí, si va a llorar. También me va a sapear. Va a ir a contarle a Mr. Reeves, y a sus papás”, dije, con el tono mongólico con el que los niños cantan: “Se puso colorado, se siente rechazado, y va a llorar…”
“Es un sapo, es un sapo”, coreaban de nuevo las lacras.
“No, yo no soy un sapo. ¡Yo no le voy a decir a nadie!”, finalizó con cara recia… Recia y llorosa.

Acto seguido, cambiando totalmente mi cara de burla, lo miré con admiración, le ofrecí la mano con el puño cerrado, y cuando éste respondió con su propio puño, haciendo así el gesto universal de complicidad, le dije: “¡Yo sabía que usted era todo un macho!”.

Sí, ya sé, merezco la pena capital.

Salud!

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¿Quiere saber qué sucederá entre Papá de Selena, La Arpía Sexy y El Payaso?
¿Se pregunta si Mick Jagger jugará un rol decisivo en esta historia?
¿Sueña con que N’dugu logre comunicarse, y pedir una pizza en el recreo?
¿Espera con ánsia la historia de amor entre Lautaro y Keana Reeves?

Espere pronto, la tercera y última parte de esta historia.

Fatalidades # 5 – Premio “Compartir” al maestro del año – Parte I

Me dispongo a escribir un evento de mi vida que me avergüenza profundamente, que entra a la perfección en la categoría “Fatalidades”. Claro, no sólo me avergüenza (de lo contrario no lo escribiría), sino que cada vez que lo recuerdo me causa risa infinita; Espero, querido lector, que a usted le pase lo mismo.

Cabe aclarar que con “evento”, me refiero a la suma de pequeñas situaciones en las que me vi envuelto cuando acepté el peor trabajo que he tenido en mi vida. Empecemos, pues, con los pormenores de mi contratación.

Hace unos años, respondí a una oferta de trabajo como profesor de música en un colegio, del cual omito su nombre por el respeto que me merece. El colegio Gran Bretaña, ubicado en la carrera 51 # 215 – 20, en Bogotá, buscaba dos profesores nuevos para las áreas de Stomp y percusión.
Mi alegría fue extrema cuando me enteré que el otro profesor contratado era Lautaro, compañero de grupo, amigo, pero sobre todo, humorista incansable.

Al llegar a nuestro primer día de trabajo, nos explicaron la manera en la que funcionaban las clases allá; cada profesor de música debía presentar ante los estudiantes su programa para el semestre, y hacer una pequeña demostración del instrumento que enseñaría, así, los jóvenes escogerían al final el programa que más los emocionara. Todo fue risas y diversión hasta que choqué con la primera realidad de mi nuevo trabajo: Mi jefe era un imbécil, incapaz de diferenciar un xilófono de una lira barata de banda de guerra.
Me explico.
El día anterior recibí una llamada de él (no recuerdo su nombre, pero me referiré a él como “Papá de Selena”, que fue como lo nombramos con Lautaro, por su asombroso parecido con este señor), en la que me indicó que en mi clase de percusión se enseñaba únicamente xilófono, por lo que debía tocar algo frente a los estudiantes. “Prepárate”, dijo.
A los lectores que no están familiarizados con la percusión, los invito a ver las imágenes enlazadas a las palabras “xilófono” y “lira barata de banda de guerra”, para que comprueben por ustedes mismos la diferencia de tamaños, materiales, y sobre todo, número de teclas.
¿Me preparé? Claro que no. Estudié percusión sinfónica, por lo que en mi cabeza había un repertorio bastante decente de obras para xilófono. “Les voy a tocar El Tamborín Chino”, pensé, “Si esa no les gusta, pues les mando el Kreutzer, y los dejo cagados”. Qué poco sabía yo.

Llegamos con Lautaro, ese viernes desgraciado, a las instalaciones del colegio. Nos recibió Papá de Selena con su amabilidad inagotable (imbécil, sí, pero igual era un tipazo), y nos llevó a conocer los salones. Al entrar en el salón de percusión, mi jefe me señala una puerta y me dice: “Ahí, en ese clóset, se guardan los xilófonos”. Inmediatamente, intercambié miradas de duda con Lautaro. “¿Cómo así? ¿Cuántos xilófonos tienen?” pregunté, asombrado por el nivel adquisitivo del colegio. “Diecisiete. Más que suficientes” respondió orgulloso. Ingenuo, como soy, imaginé un clóset del tamaño de un campo de fútbol mediano. Toda la fantasía quedó devastada cuando Papá de Selena abrió el cuartito, que no era mucho más grande que el arco de una cancha de micro, y sacó de una montañita de juguetes, uno de los famosos “xilófonos”.

Hago una pausa, pues quisiera hacer un aporte pedagógico al texto:
Xilófono: del griego antiguo Xilo (“madera”) y Fono (“sonido”)

Para mi desgracia, el juguetico que se me ofrecía no cumplía ninguno de los dos significados.

Fuimos llevados ante la comunidad, en un teatro pequeño, donde nos sentaron a los profesores en el escenario. Durante el acto protocolario correspondiente, nos presentaron a Mr. Reeves, un hombre inglés, de perfecta presentación personal, que ejercía como rector de la institución. (Días más tarde, gracias a los alumnos bajo mi mando, me enteré que Mr. Reeves tenía una hija. Su nombre era Keana. Mueran de risa, como yo)
Se dio comienzo a la presentación. Uno a uno, los profesores iban haciendo su exposición.
El primero en lanzarse al ruedo, fue Papá de Selena, que trabajaba como profesor de guitarra, y director del área de música. No interpretó de inmediato, pues quiso guardar para más adelante sus habilidades.
Otro profesor, al que apodamos Mick Jagger (pues era igualito, sólo que sin el talento), parecía ser el más popular entre los alumnos. Mi teoría es que les daba drogas.
La profesora de violín interpretó algo típico del repertorio infantil, y durante su muestra, Papá de Selena sintió que era momento de dejarse llevar; con dignidad, encendió la organeta Casio, e hizo la más viva representación del balbuceo musical al intentar acompañar lo tonada.
El profesor de recorder (instrumento más conocido en Colombia como “flauta dulce de plástico marca Honner”), tocó La Piragua; claro que no recuerdo su nombre, pero a falta de señas físicas y/o psicológicas, le pusimos el mote de “El Payaso”. ¿Por qué? Porque era un adulto tocando un recorder.

Me llegó el turno, y hablé con soltura de la técnica Stevens, y la técnica Burton para cuatro baquetas. Desarrollé mis ideas sobre el sonido correcto, con ataque ligero y suavidad al recoger. Amplié un poco mi visión sobre la percusión sinfónica contemporánea, y sus aplicaciones en los géneros populares, tomando el jazz como un puente entre las dos corrientes. Quise causar inquietudes en los alumnos y maestros de la institución, exponiendo mis propias dudas sobre el repertorio usado para la enseñanza de la percusión en las diferentes universidades del país. Me esforcé, en realidad, intentado que todo el mundo se durmiera y olvidara, al despertar, que yo debía interpretar algo en senda porquería de aparatucho.
Mis esfuerzos fueron en vano, pues fui interrumpido por Papá de Selena, que demandaba una demostración de destreza en el instrumento. Divagué un poco, tratando de adivinar qué debía -y podía- tocar, en esas doce tristes teclitas. Me castigué internamente por haber desperdiciado el tiempo burlándome de los profesores que habían hecho su presentación antes, en vez de haberme puesto en la tarea de solucionar mi dilema. Me lancé con lo primero que se me ocurrió. Aún escucho la risa controlada de Lautaro, mezclada con mi versión libre de “Estrellita”.
Al terminar, no me aplaudieron; creo que estaban anonadados con semejante demostración de habilidad. Después de ese pequeño silencio incómodo, Mr. Reeves se paró de su silla, y con un español impecable me dijo: “¿No podría usted tocar algo más difícil?”.
Algo improvisé. Algo no mucho mejor que “Estrellita”.
El acto culminó con un blues, interpretado por Papá de Selena, Mick Jagger y El Payaso. ¡Qué combo!
Cuando llegó el momento de escoger curso, los niños inflaron la filas de Stomp y guitarra. Papá de Selena, demostrando equidad y altruismo, realizó un sorteo, donde los perdedores terminaron en mi clase y la de recorder.
Maldito Mr. Reeves. Maldito Papá de Selena. Maldito instrumentico metálico, desafinado y poco resonante. Maldita “Estrellita”.

Si así fue mi primer día, no había campo para el optimismo. El optimismo se lo dejo al Payaso del recorder.

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Termino por hoy la primera de tres entregas que conforman esta historia. Si le gustó, lea la siguiente. Si no le gustó, léala también, pues juro que va a mejorar.

Salud!

:)

Transcribo a continuación, un poema que me han regalado y que inunda con cada palabra mi corazón. Como éste venía sin título, le he llamado “Oda al más Preciosino”:

ODA AL MÁS PRECIOSINO

Yo tengo un vecino
Que tiene un gato llamado Lino
Yo tengo un vecino
Y este no es un cretino
Mi vecino tiene a Lino
Que se come un golondrino
Sin embargo, no es mezquino
Y de regalo se lo da a mi vecino

Sin palabras.