Llegó el final de éste corto relato, y posiblemente, el final de mi carrera como profesor de colegio. Si usted, querido(a) lector(a), está considerando contratarme en una institución educativa para instruir a un curso de jóvenes malcriados, piénselo dos veces (o lea esto una vez).
Si usted no tiene idea sobre qué estoy hablando, lo invito a contextualizarse rápidamente con las partes anteriores de este relato:
Primera Parte
Segunda Parte
Interludio
Addendum
Como venía diciendo, narraré el final de mi trabajo como profesor del Colegio Gran Bretaña; también, el final de toda la dignidad que alguna vez ocupó este cuerpo.
Me encantaría decir que también es el final de mis fatalidades, pero estoy seguro que aún me esperan más de éstas pequeñas desgracias, que capitalizo lentamente, convirtiéndolas en material para este blog.
Sin alargarme mucho más, quisiera agradecer a la gente que hizo posible este relato: Mi amigo Lautaro, quien me acompañó en esta travesía. A los colegas Papá de Selena, Mick Jagger, El Payaso, y La Arpía Sexy, que me enseñaron todo lo que no debo ser. A mi jefe, Mr. Reeves, y su hija, la afamada Keana. Al alumnado, representado a la perfección por el pequeño N’dugu; Fabiano, el joven con la nariz perjudicada; y Sasha, la costeña que protagoniza ésta última entrega. Y, sin duda alguna, el merecedor de la medalla al bello carácter: mi amigo Gus Valencia, el matón que planea desfigurarme no sólo la cara, sino cualquier regla gramátical y ortográfica que ose atravesársele por su camino de amenazas. A ti, querido amigo, te dedico todo lo que produzca de aquí a siete días.
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Premio “Compensar” al maestro del año – Parte III
Durante la semana siguiente al ataque injustificado a la nariz de Fabiano, me invadió una paranoia atroz. Cada vez que pensaba en ese trabajo, temía que unos agentes de la Interpol, a petición del gobierno brasileño, invadieran mi casa súbitamente, y me llevaran en extradición al país del fútbol, las tangas y la feijoada.
En las noches tenía pesadillas horribles: En algunas me encontraba siendo juzgado por La Arpía Sexy, que hablaba en un portuñol deficiente, mientras Papá de Selena, para mi desgracia, hacía las veces de abogado defensor. El jurado, conformado por N’dugu, Keana Reeves, Mick Jagger y mi mamá, me miraba con desprecio absoluto y me encontraba culpable al final del proceso. Mi condena incluía jugar fútbol y comer farina sin posibilidad de bebida.
En otras aparecía en un escenario, y como un autómata descerebrado me dirigía hacia Karol Márquez, que estaba parado en el extremo contrario de las tablas, y le propinaba un golpe certero con el puño, destrozándole el tabique. Karol, visiblemente herido, reía sin parar. De repente, desde el público, Keanu Reeves (sí, el actor) se paraba y me gritaba a todo pulmón: “¿No podría usted tocar algo más difícil?”.
Y, en las peores de todas, simplemente tenía que dar clase de nanometalófono una vez más.
Pero nada de esto sucedió, para alegría mía. Sin embargo, aún me aterraba la idea de llegar el siguiente viernes al colegio, y ser citado por Mr. Reeves para mi despido inmediato sin derecho a liquidación.
Llegó esa mañana, y en el camino al colegio enumeré a Lautaro, una a una, mis preocupaciones. Él, diligentemente, respondía a mis lamentos con una risa poderosa. Antes de llegar a la institución, paramos en el habitual sitio de las empanadas, donde mi optimismo fue in crescendo gracias a las carcajadas que nos producía pensar en los posibles escenarios de mi improbable despido.
Todo fue risas y diversión hasta que sonó el celular de Lautaro. Antes de contestar, me mostró el teléfono que identificaba a Papá de Selena (así lo tenía guardado), como el interlocutor.
En el momento imaginé que la llamada era para el -ya acostumbrado- regaño por no asistir al té con los colegas; sin embargo, la cara de Lautaro se transformó rápidamente en una mueca que anunciaba desgracias:
“¡Marica, hoy tenemos que entregar notas!”, dijo Lautaro, con una mezcla de alteración leve y risa absoluta en la voz. Tal como Papá de Selena nos había advertido, ese día teníamos que entregar el magno informe, que de haber sido realizado, constaría de ocho millones de páginas.
Sin posibilidad alguna de solucionar nuestra situación, decidimos terminar la empanada mientras desarrollábamos un plan de escape. La lucidez de dos personas altamente trasnochadas, desanimadas por el panorama de dictar clase a una manada de cuasi-hispano-parlantes, es bien reducida; para la muestra, nuestro plan:
1. Llegaríamos tarde al colegio.
2. Correríamos directamente a nuestros salones, donde dictaríamos las dos horas de clase fingiendo tranquilidad.
3. Correríamos al automóvil de Lautaro.
4. Apagaríamos los celulares.
5. Escaparíamos.
El plan funcionó a la perfección, hasta que llegamos al punto número dos.
Entré corriendo al salón, donde el joven N’dugu me esperaba junto a sus compañeritos. Después de respirar profundamente para calmarme, expliqué a los niños el trabajo que haríamos ese día: ellos tocarían lo que quisieran, mientras yo llenaba unos datos rápidamente en el formato destinado a las calificaciones. Al cabo de diez minutos de esta metodología, mi consciencia no soportaba un golpecillo más de minitecladito de metal. Convencido de la eficacia de la psicología inversa, aprendida con el desfigurado Fabiano, propuse a los niños un juego: “A ver, vamos a jugar una cosa, el que logre quedarse callado y quieto por más tiempo, le pongo la mejor nota en el bimestre; en cambio, el que haga el primer ruido, se irá conmigo a la oficina de La Arpía Sexy para que le manden una nota a los papás”. No sé cuánto tiempo duró N’dugu en silencio; posiblemente no superó los cinco minutos, sin embargo, perdió. Claramente no lo llevé a ver a La Arpía; de hecho, él nunca entendió de qué se trataba el juego, y no me molesté en tratar de hacérselo entender, únicamente dije: “Vamos, el pobre N’dugu no entiende ni una palabra. Démosle una oportunidad y juguemos de nuevo”. Logré algunos minutos de tranquilidad para llenar el formato interminable, hasta que, por primera vez en mi estancia en aquél colegio, golpearon a la puerta.
Lo que vene a continuación poco tiene que ver con la historia, pero lo narro porque fue un momento, no sólo verídico, sino absolutamente memorable.
Abrí la puerta, y Carolina Gómez (esta Carolina Gómez), estaba afuera esperando.
- Hola, buenos días.
- blablbalbalbabablalabalabaaaa… días…
- Estoy buscando a mi hijo, Tomás.
- síí bablalababaaaaaa… ya… blbalaba…
- Gracias, acá lo espero.
Después de mis balbuceos ininteligibles, llamé a su hijo.
Al volver a la clase, fue evidente que mi estrategia ya no daría resultado. Todos los niños atacaban ferozmente con sus baquetas la porcacha de intrumentito, los pupitres, las paredes, e incluso a sus compañeros. Intenté detenerlos, con pocas ganas, y al ver que no lograba mejoría en su comportamiento salvaje, decidí volver con las calificaciones. No había agarrado el esfero aún, cuando sonó de nuevo la puerta. Emocionado, esperando que la Virreina Universal de la Belleza me buscara de nuevo para decirme que me amaba, o algo, abrí la puerta del salón ágilmente. Pocas decepciones en mi vida han sido tan fuertes.
La Arpía Sexy no me saludó. Con un gesto despectivo, me ordenó que le abriera paso, y al entrar en el salón, de un sólo grito calló a la jauría.
- Children, ¡silence! (Grito)
- Hola, Arpía Sexy, ya estamos terminando. (Calma)
- ¿Y qué estaban haciendo? ¿por qué este ruidajo? (Grito)
- Estábamos aprendiendo el concepto de ruido, para contrastarlo con el de mú… (Calma)
- ¿Dónde están los informes, Mr. Rodríguez? (Grito)
- Sí, hm, sí… los informes… Ahora, cuando termine clases te los llevo. (Disculpa)
- Los necesito ya. (Grito)
- Dame diez minutos. Me falta corregir unas cosas. (Calma)
- ¿No los ha terminado, Mr. Rodríguez? Además de que llega tarde, y no comparte el té con sus colegas, ¿no trae los informes listos? (Grito)
- No me falta mucho. Si usted es tan amable y me deja terminar mi clase… (Irritación)
- ¡La termina cuando yo digo que la termina! (Grito)
- Ay, vea señora, no venga a gritarme al frente de mis alumnos. (Desprecio)
- ¡Lo espero en mi oficina apenas termine! (Grito colérico arpiístico de las profundidades del averno)
La clase terminó algunos minutos después. Tuve la esperanza de poder adelantar algo de las calificaciones mientras esperaba a los más grandes, pero Fabiano y su par de amigos entraron de inmediato al salón. Ya estaba suficientemente irritado, estresado y volátil como para soportar a mis nuevos mejores amigos.
“Siéntese, o le pego otra vez”, dije a Fabiano, que, buscando camaradería, alardeaba de cómo no me denunció ante las autoridades educativas. Para ese momento, me daba lo mismo si le había escrito un correo electrónico a Manuel Teodoro, a Pirry, o a Kofi Annan, contándoles su historia.
La clase empezó, y aunque lo intenté, con los grandes no funcionó el método del concurso para ganar tiempo y silencio. Desganado, empecé a explicarles las tonalidades; las escalas; las métricas; las progresiones; la conducción de voces; o cualquier otra cosa que se me cruzaba por la cabeza. Ni a ellos, ni a mí nos importaba gran cosa. No puedo decir que la cosa fluía, pero por lo menos iba sin sobresaltos, hasta que, mientras explicaba la armadura de alguna tonalidad, dándole la espalda a los alumnos, escuché la risa lacerante de Sasha, la gordita costeña:
- Sasha, ¿puedes, por favor, reírte después de que termine la explicación?
- Claro, profe. Perdón.
Acto seguido, al volver a dar la espalda, la risa resonó de nuevo.
- Sasha, no estoy de humor. Por favor espera a que se termine la clase y puedes reír todo lo que quieras.
- Sí, profe. Lo siento.
Una vez más, al tratar de continuar escribiendo en el tablero, la risa estaba ahí.
- ¡Ya! Una vez más y te sales del salón.
- Lo siento, profe. Siga con la clase.
Deja Vú risístico.
- ¡Para afuera! Te sales ya…
- Pero profe, no me puede sacar.
- ¿Ah, no? ¿y por qué no?
- Porque en el reglamento del colegio dice que no se puede sacar a ningún alumno de clase.
(Mi memoria me llevó hasta el primer día, cuando Papá de Selena explicó: “Es política del colegio que no se puede sacar a nadie de clase”)
- Pues… pues… es mi clase, y si yo digo que se tiene que salir, ¡se tiene que salir!
- Pero si me saca lo echan, profe.
- Pues que me echen, qué me importa. A la final, ni me gusta este trabajo…
- ¿No le importa?
- No me importa, con tal de verla afuera del salón.
- Si no le importa, ¿entonces para qué viene a trabajar?
- Pues… pues… porque me gusta este trabajo…
- Pero acaba de decir que no le gusta…
- Bueno, sí… no… no me gusta, y qué…
- Entonces, ¿para qué viene, si no le gusta y no le importa que lo echen?
- Pues porque… porque…
(Acá me hice merecedor al Premio “Compartir” al maestro del año)
- (…) porque… porque…
- ¿Por qué, ah?
- ¡Porque con la plata que me gano en esta mierda me emborracho los fines de semana, y qué!
Logré el silencio que buscaba. Incluso, creo que escuché un lápiz caerse del otro lado del salón. Los diez minutos restantes de clase los pasé recogiendo las putas liritas que me habían traído tanta desgracia. Al ver que el reloj marcó las 12:00 en punto, volví al plan original, y ejecuté a la perfección los puntos 3, 4 y 5.
Renuncié sin renunciar. Símplemente no volví. Por correo escribí a Papá de Selena explicando que me había salido un trabajo de improvisto, y que no podía volver. A través de Lautaro recibí mi último pago.
Para tranquilidad de usted, amigo lector, no volveré a dar clases en un colegio; por lo menos no de “xilófono”.
¡Salud!
